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jueves, 14 de julio de 2011

El viaje



Hay viajes que disfrutar, como los de vacaciones con la familia o amigos, los de ver ciudades nuevas o sencillamente los que se hacen a la vuelta de la esquina pero que te ayudan a salir de la rutina.

Otros viajes son tristes. Los que acompañan a gente en su dolor por la pérdida de alguien o los que se hacen con enfermos hacia algún hospital.

Pero los peores viajes son los inesperados. Los que te obligan a cambiar de vida sin tú querer. Los que te separan de gente a la que has querido como a nadie nunca. Durante muchos años.

Esos viajes son dolorosos, frustrantes, decepcionantes y muy muy tristes sobre todo para la gente que se queda en el camino, tenga la edad que tenga.

Y si el viaje tiene forma de disco, recogiendo todos los sentimientos, emociones, pensamientos (buenos y malos) que uno no se ha atrevido a decir, peor aún. Ese viaje es como una carta, una despedida realizada con muchos meses de antelación. Mucho tiempo para pensar, decidir y actuar.

Gente que no comparte sus emociones en el mundo real y que las exterioriza en una gran obra, una bella creación enredada en el día a día pasado, en las dudas no aclaradas, en los pensamientos no exteriorizados, en los abrazos no dados y en los besos perdidos, en un amanecer y una puerta que se cierra. Así, sin más. Un disco que resulta imposible de escuchar porque el alma y el corazón (los dos juntos) se desgarran a la vez.

Yo ahora estoy en un viaje de la búsqueda del equilibrio y, muy a mi pesar, de una nueva vida. Me acompaña más gente, no estoy sola. Personas que con sus sonrisas, besos y abrazos me transmiten su amor, su necesidad de mí, su miedo a ser abandonadas también.

Así que buen viaje os deseo a todos los que queráis emprender alguno, pero una cosa os pido: sed sinceros siempre y no causéis nunca dolor.

Porque mis padres a lo largo de toda mi vida me han enseñado que los viajes son para aprender, disfrutar, pasarlo bien y estar cerca de las personas que quieres.

domingo, 3 de julio de 2011

¡Qué frío!

Estos días son de mucho calor. Y siempre es refrescante ver imágenes con nieve o que nos trasladan al frío invierno.

Quiero compartir en este espacio varias de un viaje realizado la pasada Navidad a Budapest.



Inmejorable por la compañía, por lo vivido y por lo visto. Por el relax, la tranquilidad y el descubrimiento constante. Por sus gentes, balnearios, teatros y tiendas.



Una ciudad por descubrir también en invierno y cubierta por un palmo de nieve, con días cortos y temperaturas bajo cero, mercadillos navideños y comida exquisita.




Ciudad de contrastes, de recuerdos de las guerras mundiales y de su pasado comunista, de un idioma imposible de entender y hablar al principio pero que cuando te acostumbras a él estás deseando aprender. De gente de treinta y pocos que te dice que en el comunismo se vivía mejor, que ahora hay mucha crisis y más pobreza.



En el monedero me traje un billete y algunas monedas, motivo más que suficiente para volver a Budapest. Una ciudad que engancha y que tira de tí para que vuelvas en cualquier otra época del año.

¿Querrás volver conmigo?